Marionetas corporativas: despertar de lo hilos invisibles
- Claudia Salas Bozich

- 2 jul
- 3 min de lectura
Actualizado: 22 ago
La marioneta más peligrosa es la que no sabe que lo es.

Muchos somos marionetas corporativas, y no lo sabemos.
Nos mueven hilos que rara vez cuestionamos: "siempre se hizo así", "lo que se espera", "mi rol", "las normas". Hilos que no se ven porque se sienten normales. Y precisamente por eso son los más poderosos: un hilo visible se puede cortar. Uno invisible se hereda, se transmite, se naturaliza.
¿Quién sostiene los hilos?
Lo curioso es que casi nunca hay un titiritero. Buscamos uno porque nos calma: si hay un culpable, hay a quién confrontar. Pero los hilos han sido tejidos por gente que ya no está, en momentos que tuvieron sentido para su contexto. Esas decisiones dejaron de ser decisiones. Se volvieron estructura. Y una estructura, cuando lleva suficiente tiempo, deja de sentirse como una elección de alguien: se siente como "la realidad".
Veamos algunos hilos concretos, porque nombrarlos es el primer paso para verlos:
El hilo de las creencias heredadas. Llegamos a una organización y absorbemos, sin darnos cuenta, ideas como "aquí hay que estar disponible 24/7 para que te tomen en serio" o "pedir ayuda es mostrar debilidad". Nadie nos las enseñó en un manual. Las captamos observando a quién se premia y a quién se margina. Son creencias de otros que empezamos a vivir como propias, hasta que un día las repetimos a alguien nuevo sin cuestionarlas.
El hilo del poder no declarado. El organigrama dice una cosa. La sala dice otra. Hay reuniones que no se pueden agendar sin que "fulano" esté presente, aunque su rol formal no lo requiera. Hay ideas que solo se vuelven válidas cuando las repite cierta persona. Ese poder informal rara vez se nombra: y por no nombrarse, es casi imposible de discutir. Uno intuye el hilo, pero cuestionarlo abiertamente se siente como señalar algo que "no existe" oficialmente.
El hilo del lenguaje y los rituales. Ciertas palabras ("alineado", "de valor añadido", "hands-on") funcionan como contraseñas de pertenencia. Decirlas te hace sonar "de los nuestros"; no decirlas te hace sonar externo, junior... o fuera de lugar. Igual pasa con los rituales: la reunión de los lunes a las 9, el café antes de hablar de lo importante, el enviar el email "para que quede constancia". No cuestionamos estos rituales porque cuestionarlos se siente como cuestionar la pertenencia misma.
El hilo del miedo social. Este es quizás el más silencioso. Sabemos que algo no funciona: un proceso absurdo, una decisión injusta, una dinámica tóxica ... pero callamos porque calcular el costo social de hablar (quedar como "problemático", "negativo", "que no juega en equipo") pesa más que el costo de quedarnos en silencio. Este hilo no lo sostiene una persona: lo sostenemos todos, cada vez que vemos algo y decidimos que no es "nuestro lugar" para decirlo.
Lo perturbador de estos cuatro hilos es que no requieren mala intención para sostenerse. Basta con la repetición. Basta con que nadie se detenga a preguntar de dónde vinieron y a quién siguen sirviendo hoy.
Pero a diferencia de los títeres, somos actores vivos: podemos detenernos, observar el mecanismo, y sentir el peso exacto del hilo antes de moverlo. Es en ese instante, cuando notamos que algo nos está moviendo, es incómodo. No hay alivio inmediato en verlo. Solo la responsabilidad de decidir qué hacer con lo que ahora sabemos.
Y ahí está la verdadera libertad: no en cortar todos los hilos: eso sería sin duda caos, no despertar. Va sino en elegir con los ojos abiertos cuáles sostener, cuáles aflojar, y cuáles nos negamos, de ahora en adelante, a seguir tensando en automático.
¿Cuál de estos cuatro hilos reconoces primero en tu organización? ¿Y cuál llevas tú, sin saberlo, tensando en la de otro?
Claudia Salas Bozich



